’Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos’



No rechacemos la invitación de Dios

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’Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos’
Religión
Agosto 21, 2019 17:25 hrs.
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Jueves 22 De Agosto 2019

La Palabra de Dios

Memoria de Nuestra Señora María Reina

Primera lectura
Ju 11, 29-39
En aquellos días, el espíritu del Señor vino sobre Jefté, que recorrió la región de Galaad y de Manasés, pasó por Mispá de Galaad y de allí marchó contra los amonitas. Jefté le hizo una promesa al Señor, diciendo: "Si me entregas a los amonitas, al primero que salga a la puerta de mi casa para recibirme, cuando vuelva victorioso de la guerra contra los amonitas, te lo ofreceré en holocausto".

Jefté marchó contra los amonitas y el Señor se los entregó. Los derrotó desde Aroer hasta la entrada de Minit, donde hay veinte ciudades, hasta Abel-Keramín, y les tomó sus veinte ciudades. La derrota de los amonitas fue grandísima y fueron humillados por los israelitas.

Cuando Jefté volvió a su casa en Mispá, lo salió a recibir su hija, bailando al son de las panderetas. Jefté no tenía más hijos que ella. Al verla, Jefté se rasgó las vestiduras y gritó: "¡Ay, hija mía! ¡Qué desdichado soy! ¿Por qué tenías que ser tú la causa de mi desgracia? Le hice una promesa al Señor y no puedo retractarme". Ella le dijo: "Padre mío, si le has hecho una promesa al Señor, haz conmigo lo que le prometiste, ya que el Señor te ha concedido la victoria sobre tus enemigos". Después le dijo a su padre: "Concédeme tan sólo este favor: Déjame andar por los montes durante dos meses para llorar con mis amigas la desgracia de morir sin tener hijos". El le respondió: "¡Vete!" Y le concedió lo que le había pedido.

Ella se fue con sus amigas y estuvo llorando su desgracia por los montes. Al cabo de los dos meses, volvió a la casa de su padre y él cumplió con ella la promesa que había hecho.
Palabra de Dios
Te alabamos, Señor

Salmo Responsorial
Salmo 39, 5. 7-8a. 8b-9. 10
R. (cf 8a y 9a) Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Dichoso el hombre
que ha puesto su confianza en el Señor,
y no acude a los idólatras,
que se extravían con engaños.
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Sacrificios y ofrendas no quisiste,
abriste, en cambio, mis oídos a tu voz.
No exigiste holocaustos por la culpa,
así que dije: "Aquí estoy".
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
En tus libros se me ordena
hacer tu voluntad;
esto es, Señor, lo que deseo:
tu ley en medio de mi corazón.
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
He anunciado tu justicia
en la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
tú lo sabes, Señor.
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Aclamación antes del Evangelio
Cfr Sal 94, 8
R. Aleluya, aleluya.
Hagámosle caso al Señor que nos dice:
No endurezcan su corazón.
R. Aleluya.

Evangelio
Mt 22, 1-14
En aquel tiempo, volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:

"El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero éstos no quisieron ir.

Envió de nuevo a otros criados que les dijeran: ’Tengo preparado el banquete; he hecho matar mis terneras y los otros animales gordos; todo está listo. Vengan a la boda’. Pero los invitados no hicieron caso. Uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron.

Entonces el rey se llenó de cólera y mandó sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.

Luego les dijo a sus criados: ’La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos. Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren’. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala del banquete se llenó de convidados.

Cuando el rey entró a saludar a los convidados, vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: ’Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’ Aquel hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a los criados: ’Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación’. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos".
Palabra del Señor
Gloria a ti, Señor Jesús


Reflexión del Evangelio de hoy
Un voto y un sacrificio que no debieron ser
Jefté fue uno de los jueces, líderes del pueblo israelita que lo guiaron contra sus enemigos. Esta vez se trataba de los amonitas, e hizo un voto que no se correspondía con la Alianza de Dios con Israel sino con costumbres de otros pueblos vecinos. Si volvía triunfador sacrificaría a Dios a la primera persona que saliera a recibirlo; y resultó ser su única hija.

Desde el episodio de Abrahán a punto de sacrificar a su hijo, detenido en el último momento por el ángel del Señor, Israel había comprendido que el Dios en el que ponía su fe no quería sacrificios humanos. Jefté no debía hacer ese voto.

Las formas han cambiado, pero entre nosotros sigue en cuestión el carácter inviolable de la vida humana. No entendemos el completo sentido de las palabras de Jesús: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10). No se trata solo de los temas siempre mencionados de la pena de muerte, el aborto o la eutanasia. De muchas otras formas malogramos la vida de las personas.

Lo hacemos al no ofrecer unas condiciones de trabajo justas y dignas que condenan a muchos al sacrificio del desempleo, de empleos precarios y temporales, o de la emigración en busca de mejores condiciones laborales. Lo hacemos también al cerrar puertas o apenas entreabrirlas a quienes se ven obligados por motivos de guerra, políticos o económicos, a huir de sus propias raíces con peligro de sus vidas. Y también lo hacemos con el maltrato infantil, familiar, a la mujer…

Son apenas unas muestras de nuestros olvidos de lo que Dios quiere de nosotros: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas… entonces yo digo: ’Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad’», como nos lo recuerda el salmo de hoy. Jefté, confundido, creía agradar a Dios con su voto y labró su propia tragedia. ¿Cuántas maldades no se han hecho y se hacen en el nombre de Dios? Nosotros no nos confundamos y apostemos siempre por la vida de todas las personas.

No rechacemos la invitación de Dios
No seamos como los invitados a la boda que no hicieron caso, unos prefirieron cuidar sus negocios, otros rechazaron a los mensajeros hasta matarlos. Provocaron así su propia ruina y que se invitara a otros.

Es una parábola que Jesús dirige a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo, la flor y nata de la sociedad en una cultura en que había práctica identificación entre el trono y el altar. El mensaje es claro: ellos y su pueblo, buenos conocedores de la Ley, no han reconocido en Jesús al Mesías enviado por Dios; son otros los que sí lo aceptan (no tienen necesidad de médico los –que se creen– sanos sino los enfermos); en conclusión: «muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».

En realidad, son dos parábolas, una de los invitados a la boda (vv. 1-10) y otra del invitado que no vestía dignamente (vv. 11-14). La primera se refiere a los llamados y la segunda a los elegidos. La salvación de Dios se ofrece de manera universal, en figura de una boda de Dios con la humanidad, de Cristo con su Iglesia, pero obtiene muy diferentes respuestas; hay convidados, de los que se termina diciendo «no se la merecían», y hay todos los que los criados encontraron por los caminos, malos y buenos.

No basta ser convidado, hay también que ser elegido. No basta ser cristiano de toda la vida y pertenecer a la Iglesia, es necesario ’llevar el traje de fiesta’ (revestirnos de Cristo, como decía san Pablo), esto es, una vida moralmente coherente y con obras concretas que sean muestra de la fe que profesamos. No pensemos en un cristianismo fácil y sin exigencias, en el que todo vale y Dios siempre perdona; podemos terminar como el que «no abrió la boca» cuando le preguntaron por su vestido y fue «arrojado fuera, a las tinieblas».

Fray José Antonio Fernández de Quevedo
Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)

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